Los límites en el vínculo de padres e hijos

En estos tiempos, la tarea de educar a los hijos es bastante compleja, pues las reglas y los valores se encuentran debilitados, y las figuras de autoridad, desprestigiadas o cuestionadas.
¿Cómo encontrar estrategias en la construcción de límites, sin culpas ni temor a perder el afecto de los hijos, ejerciendo una autoridad asertiva con ellos?

Con frecuencia, muchos padres se muestran desconcertados a la hora de establecer los límites. Se les presenta un dilema entre ser flexibles o rígidos, permisivos o autoritarios, complacientes o frustradores de los deseos de sus hijos. En realidad, hay momentos en los que se puede ser flexible, y otros en los que es necesario ser rígido para sostener el límite. Asimismo, acontecen situaciones en las que es posible complacer el deseo o demanda de los hijos, y otras en las que provocar la frustración es sano para que aprendan a tolerarla. Lo importante es mantener un
equilibrio: ni la complacencia permanente ni la acción frustrante continua. Los límites se construyen a partir del interjuego, entre aprobar o desaprobar, aceptar o rechazar, permitir o prohibir, conceder o restringir.
No existen recetas de padres ideales, manual de instrucciones a seguir para el ejercicio de la autoridad o plan estratégico para la función paterna, ya que en la construcción de límites se está en presencia de una tríada, madre-padre-hijo, que está atravesada por las características de personalidad de cada uno, el temperamento y las condiciones ambientales. No es posible aplicar modelos de acción iguales para cada hijo de una misma familia, porque cada uno se educa de acuerdo a su singularidad.

Lo que se debe evitar
Hay que brindarle a cada hijo lo que necesita, aceptando su individualidad, enseñándole a conocer sus potencialidades y también sus debilidades, sin afectar su autoestima. Asimismo, evitar las comparaciones entre hermanos, las etiquetas y estigmatizaciones, ya que finalmente el niño terminará comportándose de la manera que le digan que es: “desordenado”, “maleducado”, “caprichoso”, “egoísta”… Etiquetar al niño provoca una baja de su autoestima, porque termina creyendo que es lo que sus padres dicen de él y, en definitiva, no tendrá iniciativa ni voluntad para modificar su conducta.
Cuando los padres ridiculizan a sus hijos, los desvalorizan, producen un efecto devastador en el autoconcepto del niño. Los padres acostumbran, en ocasiones, a mostrar debilidad ante las conductas no deseadas, a sentir impotencia frente a la omnipotencia del niño. De esta manera, los hijos se convencen que para convocar la atención de sus padres deben transgredir, desafiar las pautas establecidas, resistirse a su autoridad.
El niño que manifiesta conductas de oposición, que reclama permanentemente la atención de sus padres, podría estar expresando una desatención afectiva o emociones negativas que no logra encauzar por otras vías.

En el ámbito escolar
La familia es la responsable de la educación de sus hijos, mientras que la escuela es un complemento. Si los padres no pueden, por sus obligaciones, dedicar a sus hijos el tiempo que ellos desearían, pueden compensar cualificando los momentos de encuentros, acompañándolos en espacios lúdicos, compartiendo gustos e intereses como un cuento, una película. Escucharlos atentamente cuando expresan lo que sienten o piensan, mirándolos a los ojos, demostrando que les interesa o preocupa lo que les dicen, favoreciendo así el fortalecimiento del vínculo.
Los padres son modelos de identificación para el niño. Si ellos cuestionan, por ejemplo, las reglamentaciones de una organización escolar, seguramente sus hijos desafiarán las normas institucionales. Por otro lado, a menudo desaprueban el accionar de los docentes, los desvalorizan, y luego se asombran cuando sus hijos no respetan la palabra de sus maestros. En décadas anteriores, los padres decían: “Te retó la maestra, algo habrás hecho”. En la actualidad, en cambio, ante el llamado de atención de un docente, los padres cuestionan su proceder y, en su mayoría, le dicen al hijo: “Voy a hablar con la maestra”, desdibujando así su rol de autoridad.
La puesta de límites es un proceso de aprendizaje entre padres e hijos. Los padres aprenden a establecerlos y, a su vez, enseñan a aceptarlos, como también ayudan al niño a comprender que son imprescindibles para recibir amor, contención y protección.
Los “premios y castigos” son recursos muy utilizados en ámbitos escolares, y algunos padres recurren a ellos como modo de negociación con sus hijos. Al negociar el vínculo entre padres e hijos se mercantiliza, la conducta del niño es en función de lo que obtiene a cambio. Cuando se negocia para lograr un cambio de conducta en el niño no se le permite internalizar el límite, sino que incorpora ese mecanismo de negociación para conseguir lo que quiere.

El diálogo
Es primordial convencer al niño con la palabra sin generar una lucha de poder, explicando el porqué de ese límite. No se trata de ver quién cede primero, si el adulto o el niño. Hay límites que obligatoriamente deben ser respetados. Por ejemplo, un padre o una madre debe exigir que, al subir al auto, el niño se ponga el cinturón de seguridad, más allá de que le moleste, apriete o fastidie, ineludiblemente debe protegerse. En cambio, otros límites pueden ser flexibles.
A partir del diálogo, los padres pueden compartir momentos de reflexión acerca de las consecuencias de las acciones, actitudes y transgresiones cometidas. Además, si se les ofrece un espacio de escucha se los ayudará a expresar sus emociones, hablar de aquellas situaciones que los angustian y provocan sentimientos negativos, pudiendo, entre ambos, encontrar estrategias para superarlos. El estilo de comunicación tiene que ser asertivo, con el fin de lograr acuerdos entre padres e hijos, expresar claramente lo que se espera del niño, elevando su autoestima y potenciando sus capacidades.
Por otro lado, es necesario conocer y respetar las etapas evolutivas de los niños, ya que no se puede esperar la misma conducta de un niño de dos que de uno de cuatro años. Para que el niño logre aceptar y respetar los límites, primero tiene que comprenderlos. Por tal motivo, deben ser claros, concretos, con un lenguaje acorde a su edad.
Los padres deben mostrar coherencia con respecto a lo que exigen del niño. Por ejemplo, le piden a su hijo que no grite, y entre ellos se comunican gritando; le dicen que no mienta, y delante de ellos faltan a la verdad aunque sea en cosas mínimas. Con frecuencia, a los padres les molesta que sus hijos interrumpan sus conversaciones, pero cuando los niños les hablan no los miran a los ojos, atienden el celular o se distraen con otra cosa dejando en evidencia que lo que intenta comunicar el niño no reviste ningún interés para ellos.
El accionar como padres será un modelo a imitar y una forma de comunicarles qué se espera de ellos. Se educa principalmente con aquello que se hace, más que con aquello que se dice.

Enseñar a superar la frustración
Aprender a decir NO a los hijos, soportar sus enojos, actitudes desafiantes y rechazo frente a los límites es una manera de abandonar el propio narcisismo de los padres, más allá del temor a la pérdida del afecto de ellos. Este miedo que atraviesan a perder el amor de los hijos remite a su propia infancia, cuando sentían temor a la pérdida del afecto y aprobación de los propios padres.
El niño debe transitar un proceso de aprendizaje que le permita construir un pensamiento crítico reflexivo por sobre el impulsivo.
La frustración forma parte de la vida, por más esfuerzo que hagan los padres para evitarla, los hijos, tarde o temprano, atravesarán situaciones frustrantes, adversas, dolorosas. Por tal motivo, si aman a sus hijos, les deben enseñar a tolerar y superar la frustración. Lo importante es saber decir SI toda vez que sea viable, y decir NO toda vez que sea necesario para cuidarlos, protegerlos o simplemente educarlos.
Ese niño crecerá y se enfrentará a muchos NO, displaceres, adversidades, desilusiones, en su juventud y vida adulta. Si no ha aprendido a tolerar la frustración de niño, o mejor dicho si sus padres no le han enseñado a frustrarse, a comprender que no siempre se puede lograr aquello que se propone o desea, la desilusión o la emoción negativa será mucho más difícil de sobrellevar. Frente a la adversidad sentirá agobio, desánimo, se desmoralizará, tomándola como un fracaso personal, no como una frustración.

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